Era un pequeño pueblo, estilo francés, pero no en Francia… sólo estilo francés. Carlos era el cartero y Ana era la bibliotecaria del pueblo. No estaban juntos, pero Carlos estaba enamorado de Ana. Siempre le llevaba los paquetes de todos los libros que ordenaba para la biblioteca. Llegaba a su casa, le entregaba su paquete, compartían algunas palabras y se iban. Para Carlos esos eran los mejores minutos de su día.
Un día por los típicos problemas económicos de siempre, la biblioteca cerró y Ana dejó de pedir libros. Carlos empezó a tener mucha ansiedad al no saber nada de Ana. Al poco tiempo, ideó un plan: crearía una identidad falsa, otro hombre que le mandara cartas a Ana. Carlos recordó muchos de los temas que le gustaban a Ana y compró para él muchos libros. Fue leyendo y haciendo resumen sobre las cosas que le gustaban de esos temas y le fue escribiendo a Ana con el nombre de “Don Julian, un sabio profesor de la Universidad de Bahíaqueles”.
Poco a poco, le fue entregando a Ana las cartas. Para Carlos era un plan perfecto. “Don Julian” le haría las preguntas que él nunca se atrevería a decirse las a Ana y Ana se las platicaría a él. Pero Ana, no le platicaba nada cuando le entregaba las cartas, abría la carta, la leía sin mirar a Carlos y entraba a su casa riendo y sonrojada. Lo mismo pasaba día tras día. Carlos intentaba sacarle platica a Ana, pero ella sólo respondía: “No es nada, sólo este amigo que se llama Don Julian… creo que me gusta”. Carlos recordaba, mientras miraba sus piezas de ajedrez, las cartas que le había escrito, en ninguna había tratado de conquistarla o ser coqueto. Pero las risas coquetas de Ana por las cartas no cesaban. Carlos no pudo más con los celos y dejó de escribir las cartas.
Pero los paquetes de “Don Julian” a Ana siguieron llegando. Y ahora no sólo eran cartas, sino chocolates y hasta flores… ¡FLORES! Los paquetes seguían llegando y llegando. Carlos no pudo más. Llego a la puerta de Ana sin paquetes ni cartas, ni en horas de trabajo. Ana abrió la puerta intrigada. Carlos le preguntó, quién era el tal “Don Julian” que le mandaba paquetes. Ana observó a Carlos divertidamente. Su respuesta: “Pues eres tú”. Ana le confesó que siempre había sabido que era él. Cuando le dejó de enviar las cartas, Ana se siguió mandando paquetes a su casa bajo el nombre de “Don Julian”.
Ana invitó a Carlos a que entrará, por una taza de café y un partido de ajedrez.
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