Jonathan desarrolló su miedo a la muerte, a partir de que leyó cómo funcionaba el cerebro humano. No importaba que creciera en una familia católica, las enseñanzas de los sacerdotes sobre el paraíso, no lo convencían de que fuera tener conciencia cuando muriera y que de alguna manera seguiría viviendo. Trató de buscar tranquilidad en otras religiones, pero nunca una visión que lo tranquilizara tanto cómo lo logró alguna vez durante su infancia el catolicismo. Trató de hablar de hablar con Dios, rezando, pero no recibió respuesta alguna. “Que bueno que no me contesto, sino creo que sí tendría un problema mental”, pensó después de sus primeros rezos. Así, se comprobó nuevamente que su fe por el funcionamiento y la ciencia del cerebro era mucho mayor, que su fe por la religión con la que creció.
El país entró en guerra y su pánico fue aun mayor. “Ahora es más probable que me muera antes, menos vida ¿Por qué? ¿Por qué tenemos que morir? ¿Qué es lo que sigue? ¿Por qué no podemos seguir viviendo? Sólo falta que me caiga un misil y todo se acaba. Tampoco quiero tener conciencia en la otra vida, si es que hay alguna, no quiero saber si el tiempo es finito o infinito. Que alguien me tranquilice por favor.” Sus amigos se reían de sus agobios. “Tranquiliza te, no va a pasar nada”. Buscó tranquilizarse con medicamentos, no funcionaron. Con mujeres, tampoco funcionó. Con libros, que tampoco lo tranquilizaron. Con todo tipo de cosas. Su mente seguía en un infierno constante.
De pronto en el periódico, se anunciaba la visita del Papa al país, para calmar la tensión de la guerra. “Él es único que me puede dar la respuesta”. Jonathan se metió a trabajar al periódico, trabajo cómo nunca y con ciertos contactos de su familia, logró conseguir una entrevista con el Papa en su visita.
El día llego, tenía su lista de preguntas, la primera era la más importante. ¿Qué sigue después de la muerte? Esa era la respuesta que más quería saber, quería volver a tener fe y salir del infierno que era su mente. Jonathan encendió el micrófono y con gran agobio le hizo su primera pregunta al Papa. Con gran tranquilidad y bondad, el Papa le sonrió. “La respuesta es muy sencilla Hijo mío, verás…” respondió el Papa. Pero se detuvo y observo por la ventana. La sonrisa del Papa se desvaneció. “Ah mierda”. Jonathan volteo hacia la venta y observo un misil cayendo hacia él.
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