Era uno de los hombres más malvados en México. Tramaba sus terribles planes, en el sótano de su casa, sólo con un pequeño foco rojo que alumbrara sus escritos e ideas. Cuando le ofrecieron su trabajo, nunca pensó en el poder y efecto que tendría en la vida de las personas. Tenía una pequeña pantalla en la que veía todo y un diccionario de la academia española junto, subrayado en las palabras más frecuentes como “amor”, “vida”, “sueño”, “destino”, “aventuras”, entre otros. Tomaba chocolate caliente, pensando cómo tantos lo llegarían a odiar y desconocerían su identidad. Al poner al público su trabajo, sus dientes amarillentos y desfigurados se abrían de oreja a oreja, mostrando un pedazo de cilantro en cada hueco de los dientes que comía cuando salía a comer unos tacos en la condesa. Le pagaban miles y miles de pesos y bebía whisky con los hombres poderosos, a los que no les importaba cómo afectara el trabajo de este hombre a la sociedad. Regresaba cada noche, a ver en su pequeña televisión. Las muestras que le llegaban desde el extranjero, la culpa nunca ocupó su mente, ni la idea de que algún día llegaría a pagar por todos sus crímenes a la cultura. Para el ser diputado, narcotraficante, ladrón o productor de programas en Televisa, era poca cosa comparado con lo que le apasionaba hacer. Traducir el título de las películas en México.
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