Thursday, February 6, 2014

Día 14 - “Al irse la mirada”

Las palabras del Doctor le afectaron mucho. No podía creer que eso le estuviera pasando. Pregunto todo lo que se le vino a la mente, pero toda respuesta lo llevaba al mismo sentimiento. No había nada que se pudiera hacer. Sus ojos, eran su herramienta más preciada, sin ellos no podría trabajar. Era sólo cuestión de meses, para que dejara de vivir los colores, los paisajes, los volúmenes, las luces… Ahora todo sería sombra. No podría ver todas las mañanas las sonrisas de sus hijos o los ojos miel de su esposa. Esos ojos que lo miraban con tanto amor. Aún cuando las cosas iban mal, la mirada de su esposa le aseguraba que lo seguía amando.

Cuando regresaba a su casa en taxi, el camino pareció extenderse. No sabía cómo decirle a su familia ¿cómo responderían? Se sentía tan sólo. Al mirar por la ventana, observó los grandes edificios, las personas caminando por las banquetas, poniendo la vista por dónde caminan, a quién ven, quién les marca por el celular, cómo la gente se coquetea con la mirada y pasea su vista por el cuerpo de los otros. Él ya no tendría ese lujo.

Al llegar a su hogar, su esposa le preguntó sobre su cita con el doctor. Forzando la sonrisa y sin poder decir la verdad, dijo que todo estaba bien. Durante la cena, pensaba en todas las cosas que tendría que hacer: acostumbrarse a los sonidos, aprender braille, pedir ayuda a extraños en la calle, buscar otro trabajo y aprender a hacerlo. Al recobrar la presencia del presente, se percato de que sus hijos le hablan. Colocaban las últimas luces del árbol de navidad. Con poca energía el hombre se levantó y fue a conectar las luces. Al encenderse sus hijos gritaron de emoción: “Wow mira eso, papá”. No se pudo contener y el hombre empezó a llorar.


Las sombras ya empezaban a abordar la mayor parte de su campo de visión. Se levantó de la cama y camino con trabajo.  No se dio cuenta del muro del baño. Estrelló contra él y cayó al suelo. Su esposa, se despertó y fue a ayudarlo a levantarse. Por primera vez, en muchos años, sintió con detalle la mano suave y tierna de su mujer en su espalda. Ya no podía ver bien su rostro sonriente, pero sí sentía su mano cálida sobre su piel y todo quedo en silencio al oír su voz: “Todo está bien, amor”. En ese momento sabía, que todo iba a estar bien.

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