Un hombre miraba su reloj, día y noche. Tenía una colección de relojes y el tiempo era lo más importante para él, pero ese reloj de plata era su posesión más apreciada. El hombre no tenía vida social, nunca había tenido una novia y rompió todo contacto con su familia cuando se mudó a la ciudad. Su trabajo y su puntualidad era lo más importante para él. Manejaba los tiempos de salida de los trenes, profesión que anhelaba desde pequeño. En general, no soportaba a la gente, eran impuntuales y sucios. Las maquinas por otro lado, si alguien las cuidaba como debía, eran limpias y siempre cumplían con su función. Sus sonidos siempre eran constantes y la monotonía siempre le causó una gran seguridad. La eternidad del tiempo era un paraíso, a comparación del deterioro y desgaste del cuerpo humano.
Una noche, a las 4 de la mañana, su reloj empezó a sonar como si fuera el Big Ben. Asustado por el escándalo, se levantó a tratar de arreglarlo. Pero al recuperar la visión, se percató de que se encontraba adentro de un reloj. Los grandes engranes lo rodeaban, y las paredes de plata le impedían ver cualquier cosa que estuviera afuera. Observó una pequeña ventana y camino entre los engranes, hasta llegar ahí. Al ver por la ventana, se dio cuenta que afuera estaba su cuarto, en proporciones enormes. Ahora vivía dentro de su reloj de plata.
Después de recuperarse del espanto y de la idea de haberse encogido, recorrió su reloj, en busca de una salida. Trató quitar todo tipo de tornillo, golpear paredes y hasta romper la venta. Pero no lo logró, todo estaba muy bien hecho. Después de varias horas, empezó a disfrutar la tranquilidad de ese lugar. No sentía hambre, ni ganas de ir al baño. Sólo vivía. Pasaron las horas, luego los días y luego semanas. El hambre, el sueño y las otras necesidades físicas nunca llegaron. Recorría, escribía y dormía. Era un paraíso, no necesitaba tratar con nadie, y el tiempo lo acompañaba en su aparente eternidad.
Pero, al cumplirse el año, todo cambió. Empezó a recordar a la señora que le vendía la comida en el mercado, al señor que le ayudaba a limpiar sus relojes, a sus padres a los que no veía en años. El reloj se empezó a ser más frío. Se imaginaba los abrazos de otras personas y deseaba oír la voz de alguien. Pero sólo había un constante tic-toc. La soledad lo abordaba más y más. Y el reloj no le correspondía, ningún amor, cariño o conversación. Sólo funcionaba, ni siquiera se percataba de la existencia del hombre en su interior. Sin embargo, el hombre nunca pudo salir de ahí. Su eternidad la vivió junto a la gran máquina, añorando por siempre una vida finita, aunque fuera un sólo día con alguien más.
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